martes, 8 de mayo de 2012

La partida


12-2-12

Podría haber demorado en recoger una anécdota. Los oídos tapados ya conformaban un acontecimiento para mí, uno más introspectivo, uno ligado a la sanación de los chiclet´s.
Pasaron 15, quizá 20 minutos desde que estábamos en el aire. El tiempo es una sucesión subjetiva que solo puede ser encarcelada en un reloj.  De pronto el avión viró a la derecha, desde la redondez de mi ventanilla pude ver torcerse el ala y efectuar un leve descenso. Menos que caer de la montaña rusa, pero sorpresivo. “Los sonidos y los movimientos del avión son normales, están dentro de lo esperado”, dijo F y yo le creí.
Raro pero esperado, ¿esperado? Un grito simple, ¡ah! , vino desde la clase ejecutiva. Y las miradas cómplices confirmaron la desconfianza.
“Ajuda-ajuda” “Aquí gente” gritaban las rubias azafatas mientras corrían por el pasillo. Un flaquito psycho las seguía pegado, quieto, miraba a la nada. Los pasajeros se pararon rodeando la situación, de lejos se veía un forcejeo, el avión inestable y el loquito que se lanza contra la puerta de emergencia. La alerta fue general, “a este lo paramos todos”.
Fueron varios los que intentaron retenerlo, alguien lo redujo y aparecieron las esposas de plástico y un maletín esperado. Un médico se identificó inmediatamente y lo sedó. Lloraba el suicida mientras el resto se preguntaba cómo consiguió volar en la cabina.
Quién trompeara al piloto en pleno vuelo reducido a alfeñique, esposado y con los calzones al viento moqueaba y decía ¡não fiz nada! El hombre misterioso, mezcla de gay y asexuado, era empleado de TAM, las versiones más firmes al respecto de los hechos versan que se embarcó sin uniforme  ni check in.
Quería ver la cabina, si lo movió la locura o la frustración es algo que la federal está más cerca de averiguar que yo.
El vuelo aterrizó en Porto Alegre 24 minutos después, hubo que desembarcar y esperar una hora. Algunos lloraban, otros reían o permanecían inmutables, pensativos. En minutos nos contamos nuestras vidas, intercambiamos teléfonos y de la nada volvimos a nacer.
Pasé cinco aeropuertos, volé en tres aviones y conversé en cuatro idiomas, en veinte y cuatro horas crucé ocho mil quilómetros y cultive una cuasi tragedia, ¡felices 30 para mí!






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