12-2-12
Podría haber demorado en recoger
una anécdota. Los oídos tapados ya conformaban un acontecimiento para mí, uno
más introspectivo, uno ligado a la sanación de los chiclet´s.
Pasaron 15, quizá 20 minutos
desde que estábamos en el aire. El tiempo es una sucesión subjetiva que solo
puede ser encarcelada en un reloj. De
pronto el avión viró a la derecha, desde la redondez de mi ventanilla pude ver
torcerse el ala y efectuar un leve descenso. Menos que caer de la montaña rusa,
pero sorpresivo. “Los sonidos y los movimientos del avión son normales, están
dentro de lo esperado”, dijo F y yo le creí.
Raro pero esperado, ¿esperado?
Un grito simple, ¡ah! , vino desde la clase ejecutiva. Y las miradas cómplices
confirmaron la desconfianza.
“Ajuda-ajuda” “Aquí gente”
gritaban las rubias azafatas mientras corrían por el pasillo. Un flaquito
psycho las seguía pegado, quieto, miraba a la nada. Los pasajeros se pararon
rodeando la situación, de lejos se veía un forcejeo, el avión inestable y el
loquito que se lanza contra la puerta de emergencia. La alerta fue general, “a
este lo paramos todos”.
Fueron varios los que intentaron
retenerlo, alguien lo redujo y aparecieron las esposas de plástico y un maletín
esperado. Un médico se identificó inmediatamente y lo sedó. Lloraba el suicida
mientras el resto se preguntaba cómo consiguió volar en la cabina.
Quién trompeara al piloto en
pleno vuelo reducido a alfeñique, esposado y con los calzones al viento
moqueaba y decía ¡não fiz nada! El hombre misterioso, mezcla de gay y asexuado,
era empleado de TAM, las versiones más firmes al respecto de los hechos versan
que se embarcó sin uniforme ni check in.
Quería ver la cabina, si lo
movió la locura o la frustración es algo que la federal está más cerca de
averiguar que yo.
El vuelo aterrizó en Porto
Alegre 24 minutos después, hubo que desembarcar y esperar una hora. Algunos
lloraban, otros reían o permanecían inmutables, pensativos. En minutos nos
contamos nuestras vidas, intercambiamos teléfonos y de la nada volvimos a
nacer.
Pasé cinco aeropuertos, volé en
tres aviones y conversé en cuatro idiomas, en veinte y cuatro horas crucé ocho
mil quilómetros y cultive una cuasi tragedia, ¡felices 30 para mí!
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