martes, 8 de mayo de 2012

La cabeza en el castillo



El mundo es literatura. Se escribe para inmortalizar la vivencia y para eso se precisa estar vivo. La experiencia pasa solo por estar, por abrir los ojos, tener el oído atento, el olfato abierto.
Me saco los lentes para mirar, el celular no sirve para sacar fotos y por ahora nada es transmisible.
Vivo una guerra entre el afuera y mi cabeza. Se pelean por reinar, dan ganas de cortar el cable a la cabeza, ¡qué deje de bombear!, me mareo. No sé cómo me volví tan corpórea, en un cuerpo desordenado, confuso, ¿buscará comunicar con la rodilla?
Me siento débil, eso que te pasa cuando tu mundo se compone de certezas y para conocer hay que cortar y largarse. Que la vida te pase por el cuerpo.
¡Ven a mi mundo que yo te respiro!




Eivissenco



Sigo cayendo.
La casa se llama Lagartija, Sunset y Cactus dependiendo de la entrada. Es una casa típica payés, hay piscina y parque, las montañas se cruzan justo frente a cada ventana, las ventanas se abren frente a las recámaras, al costado de las recámaras, mirando las plantas y los perros, que se sueltan y son seis.
Realmente este rincón ibizenco son tres casas que se conectan, es invierno y vacías valen nada, Gime y yo vivimos en un cuarto y usamos tres baños, los que somos capaces de calentar. El resto es escaparate, pasás, te detenés un minuto en la nada, en un pensamiento, en un recuerdo o un deseo y luego seguís el camino del calor.
Estamos en lo alto de Can Tomas, en el pueblo de Sant Antoni de Portmaly –es necesario confirmar si “Can” se traduce “San” del castellano al ibizenco-  La isla está minada de pueblos y rotondas, Can Tomas esta a once quilómetros de Ibiza donde habitan los chicos que bailan, el ómnibus tiene calefacción y no te espera.
Jamás pensé en la literalidad de la frase “acomodar el cuerpo”, tiemblo y por momentos no sé si es de frío o si estoy intentando meterme dentro, como si mi yo fuera la carne y el cuerpo un guante que hay que tirar atrás para que el resto encaje dentro.
Corro y mis piernas son gelatinas y los caminos son de Almendros. Blancos y pelados los almendros dejan campos blancos al costado de la carretera. El Mediterráneo sube a tierra y es cien por ciento humedad.

La partida


12-2-12

Podría haber demorado en recoger una anécdota. Los oídos tapados ya conformaban un acontecimiento para mí, uno más introspectivo, uno ligado a la sanación de los chiclet´s.
Pasaron 15, quizá 20 minutos desde que estábamos en el aire. El tiempo es una sucesión subjetiva que solo puede ser encarcelada en un reloj.  De pronto el avión viró a la derecha, desde la redondez de mi ventanilla pude ver torcerse el ala y efectuar un leve descenso. Menos que caer de la montaña rusa, pero sorpresivo. “Los sonidos y los movimientos del avión son normales, están dentro de lo esperado”, dijo F y yo le creí.
Raro pero esperado, ¿esperado? Un grito simple, ¡ah! , vino desde la clase ejecutiva. Y las miradas cómplices confirmaron la desconfianza.
“Ajuda-ajuda” “Aquí gente” gritaban las rubias azafatas mientras corrían por el pasillo. Un flaquito psycho las seguía pegado, quieto, miraba a la nada. Los pasajeros se pararon rodeando la situación, de lejos se veía un forcejeo, el avión inestable y el loquito que se lanza contra la puerta de emergencia. La alerta fue general, “a este lo paramos todos”.
Fueron varios los que intentaron retenerlo, alguien lo redujo y aparecieron las esposas de plástico y un maletín esperado. Un médico se identificó inmediatamente y lo sedó. Lloraba el suicida mientras el resto se preguntaba cómo consiguió volar en la cabina.
Quién trompeara al piloto en pleno vuelo reducido a alfeñique, esposado y con los calzones al viento moqueaba y decía ¡não fiz nada! El hombre misterioso, mezcla de gay y asexuado, era empleado de TAM, las versiones más firmes al respecto de los hechos versan que se embarcó sin uniforme  ni check in.
Quería ver la cabina, si lo movió la locura o la frustración es algo que la federal está más cerca de averiguar que yo.
El vuelo aterrizó en Porto Alegre 24 minutos después, hubo que desembarcar y esperar una hora. Algunos lloraban, otros reían o permanecían inmutables, pensativos. En minutos nos contamos nuestras vidas, intercambiamos teléfonos y de la nada volvimos a nacer.
Pasé cinco aeropuertos, volé en tres aviones y conversé en cuatro idiomas, en veinte y cuatro horas crucé ocho mil quilómetros y cultive una cuasi tragedia, ¡felices 30 para mí!